En su nuevo álbum “La Perla Perdida”, Paul Higgs construye un imaginario habitado por personajes, referencias a la cultura uruguaya y canciones que funcionan como piezas de un mismo rompecabezas. En ocho tracks y 20 minutos de duración, el disco encuentra en la síntesis una de sus mayores fortalezas sin resignar riqueza narrativa.
Con este nuevo trabajo como punto de partida, el músico radicado en Buenos Aires desde hace ya tres años, se prepara para llevar su mundo al escenario de La Cretina los próximos 10 y 11 de setiembre, a las 21:00 h, y las entradas están a la venta a través de RedTickets.
A propósito de todo esto, conversamos con Paul sobre el desafío de dar forma a este nuevo universo, el valor de preservar la memoria cultural uruguaya a través de las canciones y la permanente tensión entre la búsqueda del hit y la necesidad de crear con libertad.
Por Liber Aicardi
Foto: Ary Gutiérrez¿Cómo surge el imaginario de «La Perla Perdida»?
Resulta que nos reunimos una tarde de noviembre del año 2025 en el bar Ducón con mi querido amigo, colega y también inventor, por decirlo de alguna forma, Francisco Cunha, para darle el clavo final al ataúd de “La Perla Perdida”, por llamarlo de una forma clara. Ahí dimos el martillazo final para crear esta especie de bar imaginario donde iban a convivir estos personajes, a los cuales alguna que otra canción ya aludía de manera inconexa y que, a través de la creación de este recinto imaginario, íbamos a poder conectar para ayudarnos a que el disco tuviese una especie de hilo conductor y así también rumbear el arte gráfico que lo acompañara, todo por un mismo carril. Ahí teníamos ya la decisión de que esas eran las piezas con las que íbamos a armar un álbum, un puzzle.
Ya estaba la idea de un lugar llamado «La Perla Perdida» en la canción titulada «La Perla Perdida», pero era solo esa canción. El críptido del rock uruguayo que atiende el bar también estaba, pero dentro de esa canción. «Kokedama», que es el interés romántico del críptido del rock uruguayo, era otra canción que todavía no estaba; no estaban enamorados, por decirlo de alguna forma. También está la canción que se llama «H.I.T.», que yo la tengo escrita hace años, pero hicimos que fuera cantada por este personaje, casi que al igual que todas las canciones del álbum. Y así sucesivamente. También buscamos que no fuera excluyente: todas estas cosas podés no saberlas. Es un disco en el que podés seguir la historia, pero también podés no seguirla y todo funciona igual. Así que aquella conversación, en noviembre de 2025, en Durazno y Convención, fue el punto de partida para que esto fuese un convoy de ideas alineadas.
Al momento de la composición, ¿te vino primero la música o las imágenes con los personajes?
Debo decirte que lo primero que me vino fue la batería. Tengo una batería en la casa donde viví toda mi vida, que compartimos con un compañero de Algodón, que es el grupo que tengo con mis amigos de Montevideo, a pesar de estar viviendo en otro lado. La batería acabó estacionada en el cuarto donde yo nací y donde hasta ahora mis viejos viven. En la época de algún verano empecé a armar ritmos y patrones de batería sobre los cuales armé canciones sin letra, sin idea de que iban a tener las letras que finalmente tuvieron. Así que, con esos ritmos de batería, que luego fueron la piedra fundacional de una especie de composición musical con armonía e instrumentos cordófonos y bla, bla, bla, fue que meses después me puse a escribir las letras que iban a incluir a estos personajes que te comento. Así que los personajes fueron casi lo último en aparecer.
Solo escribir letras encima de una música y una melodía que tal vez ya tuviesen una forma en mente, encontrar las palabras justas después de tanto tiempo de inventada la música, fue un verdadero desafío, te digo. Mucho más que cuando invento las cosas al mismo tiempo, que es la manera más sencilla. Ahí todavía se está formando la idea, en la cual las vocales y consonantes que yo tarareo ya sugieren la palabra que luego voy a incluir. Es como si fuese uno de esos arqueólogos del imaginario colectivo, uno que tiene una especie de pincel y le saca el polvo a un hueso que está enterrado en la tierra, ¿viste? Es algo así lo que sucede cuando esas palabras tarareadas todavía están simplemente sugeridas en esas grabaciones iniciáticas de las canciones. Eso ayudó mucho también, pero fue un trabajo arduo encontrar las letras para este álbum.
¿Cómo manejás la información que ponés en las canciones para que, siendo ocho canciones en apenas 20 minutos, sea la necesaria para contar y desarrollar una historia que tenga todo lo que tiene que tener?
Debido a que soy parte, casi que de primera mano, de la generación de los estudios caseros, ya había puesto en otros álbumes de la banda Algodón o en discos míos, que grabé solo en mi cuarto, todo el maximalismo que contenía, por lo menos en su forma más bruta. Eran discos imposibles de seguir, que por suerte dejé atrás. Fui aprendiendo con el correr del tiempo y también a través de las enseñanzas que retuve, más allá de que me las dieran directa o indirectamente, de un par de productores con los que trabajé en mis álbumes pasados, que son Martín Buscaglia y Leandro Lopatín, guitarrista del grupo argentino Turf.
Esa experiencia me encontró en un plano sobre el cual podía elegir el camino a tomar con total certeza y destreza. Me encontraba en una especie de lugar seguro que creo que era propicio para, con esta especie de aprendizaje que te cuento, plasmar lo que se me antojase, trabajado dentro de un marco que al mismo tiempo satisficiera el oído ajeno, que es igual de importante que me satisfaga a mí. Esa es otra cosa que aprendí con el correr del tiempo y que antes no tenía en cuenta.
Entonces, sobre esa especie de suelo que tenía para trabajar, encontré dentro mío los elementos para poder ordenar esta especie de motor atómico de esa pequeña supernova que es un álbum tan corto, pero con tanto contenido, de una manera digerible y, al mismo tiempo, proponiendo sonidos alternativos a los clásicos y palabras alternativas a las clásicas, aun manteniéndose enraizado en esta dimensión, aunque esté conceptualizado en una dimensión ajena. Pasó algo de eso. Justo sucedió en un momento de mi vida en el cual, con mucha seguridad, pude tomar las riendas de un trabajo de esta índole e imprimirle una forma muy concreta, gracias a ese marco y a todos esos aprendizajes en soledad y junto a los productores con los que trabajé.
La Perla Perdida es un disco en el que podés seguir la historia, pero también podés no seguirla y todo funciona igual.
¿Qué influencia notás que ha tenido en vos el hecho de vivir en Buenos Aires? ¿En qué lo reconocés?
Nuestro querido prócer Jorge Nasser contaba en una entrevista que, cuando se vino de Buenos Aires acá, se daba cuenta de que se vive a otra velocidad y que uno se mueve por la ciudad, tanto de manera literal como abstracta, con mayor agilidad, porque, si no, un gigante metropolitano como lo es Buenos Aires te pasa por encima. O te olvida, o te pasa por encima.
Así que esa especie de agilidad y de atletismo que también es preciso para estar activo en una ciudad así de colosal creo que son parte de las características que adquirí. Y, plasmando eso en música, creo que está representado en la vibración.
Aunque suene imaginario, la música es vibración, es una escultura de aire que vibra. Hay algo ahí que indirectamente se le pega a quien reside en la ciudad y sus afueras, donde el límite parece cada vez estar a punto de definirse, pero cada vez se expande más el límite de las cosas y no puede ser, no tiene límite, es increíble. Entonces, te da ese aire en la camiseta, a pesar de que también las pérdidas son muy dolorosas, pero lo son en todos lados, creo yo. Mucho aire en la camiseta, ahí para hacer parapente, y tirarte de cualquier edificio de altura y volar en el ala delta.
¿Y el hecho de componer música para publicidad te ayudó a ser más certero y breve en la composición?
En estos casos, donde se trabaja dentro de este marco de velocidad que reina en los tiempos que corren, me doy cuenta ahora de que ha sido uno de los entrenamientos más importantes y fructíferos de mi músculo musical. Aun sin ganas, aun sin amor, capaz que en el momento del aprendizaje le dediqué horas y horas, trabajando con tiempos de un día para el otro, haciendo canciones de 17 segundos. Y eso que después tengo una adaptación de 30 segundos y una versión final de un minuto.
Quitar, incluir elementos ha sido una escuela alternativa muy justa para cómo son las cosas hoy en día. Tal vez para cómo lo fueron siempre; seguro me hubiese ayudado en cualquier época de la historia, pero más ahora, que hay una chispa siempre a punto de estallar. Esto te hace estar al alpiste.
Cuando hago músicas para publicidades es de un día para el otro, o para dentro de dos días, y entrás como en piloto automático. Todo eso, aplicado con conciencia, como lo hago cuando hago mis álbumes, ahí hay una salsa.
Recién hablamos de «Banco de Arena», tema en el que toca Hugo Fattoruso y que además es un candombe. En tu disco anterior también hay un candombe. ¿Es algo que incorporaste con el tiempo o ya lo tenías y nunca se había dado la oportunidad de abordar este ritmo?
Viéndolo en perspectiva y hablando medio en broma, en detrimento de mí mismo, puedo decirte que pienso cómo pude haber sido tan ignorante hasta ese entonces, cuando ya hace muchos años reconocí ahí una fuente de creatividad y de música ineludible. Pero justamente por eso fue un proceso paulatino. Te lo digo de manera tragicómica, porque uno puede analizar su vida y ver que cada cosa te fue llevando hasta donde estás ahora. Y no hay que, creo yo, sentirse culpable de cómo te tocó lo que te tocó, porque realmente no te sirve de nada.
Fue paulatinamente, a través de amistades, inquietudes y exploraciones, fui llegando a un interés en el candombe uruguayo, en el que encontré que, de un tiempo a esta parte, esa música me dio la bienvenida en mi intimidad. Ahí pude aplicar las cosas que invento a su estilo y, al mismo tiempo, ese estilo también se metió en mi genética creativa. Así que eso ha sido una gran parte de mi vida desde que se plantó. Y crece, crece como un árbol con mucha fuerza. También mi amistad con Jorge (Nasser) y con Buscaglia ha sido vital en el continuo desarrollo de mi relación con el candombe, ya que ambos tienen una conexión directa con ese universo desde hace toda la vida y eso se te pega cuando estás con ellos.
Resulta que tengo un amigo que se llama Juan Correa, que también toca en Suena Candombe, un grupo de candombe instrumental. Llegado el momento apareció esta canción de mi álbum pasado, que se llama «Otra Vez de Nuevo», y fuimos ahí, a la guarida del Lobo (Núñez), a practicar lo que íbamos a grabar después en Sondor. También hay un interés explosivo por nuestra música uruguaya, obviamente multiplicado de manera exponencial desde que vivo en Buenos Aires, porque es inherente al ser humano. No sé por qué.
Todo eso ha hecho que hoy sea parte del ADN de mis canciones y de mis álbumes, porque surge así y porque también creo que tenemos la responsabilidad, como uruguayos, de hacer que eso forme parte de nuestra pintura sonora. Está ahí, en el aire. No digo que sí o sí tengas que grabar, tocar o escuchar candombe, pero eso fue lo que encontré. También encontré, en otros lugares y en otros artistas extranjeros, esa responsabilidad de representar, en la mayor medida posible, la identidad cultural dentro de su trabajo.
Esa especie de agilidad y de atletismo que también es preciso para estar activo en una ciudad así de colosal, creo que son parte de las características que adquirí en Buenos Aires.
Hablando de identidad uruguaya, en el disco también aparece Omar Gutiérrez. ¿Cómo llegás a poner la voz de Omar en «H.I.T.»?
Surge específicamente de la investigación que hago desde hace un tiempo, por las mías, de manera desordenada pero con muchísimo entusiasmo, que consiste en encontrar o descubrir memorabilia de Níquel.
Lo que escuchás en la canción es Omar Gutiérrez presentando a Níquel en un concierto que está digitalizado, andá a saber cómo, en la rambla de Atlántida. Pero no es el clásico video que está muy bien filmado, en el que toca Francisco (Nasser) y Jorge está con una pinta brutal. Es otro, con una calidad de imagen y sonido prácticamente nula; te juro que hasta parece monofónico. Está ahí, perdido en internet. Y ahí Omar presentaba a la banda más popular del rock uruguayo con ese agite. Otra característica que nos une es la presencia que tuvo Omar Gutiérrez en los medios hasta cierto momento. Él también era una especie de portal al que mi yo preadolescente admiraba profundamente: el hecho de acceder a tocar en los programas de Omar.
Me parece importante que siga sobre la mesa esa especie de memoria cultural. Me parece vital para continuar avanzando hacia un futuro sustancioso, porque el pasado también lo es. Es importante referir a él de manera directa. Así que de ahí surgió.
Hablando de «H.I.T.», ¿hasta qué punto te preocupa hoy conseguir un hit?
Varía. Hay momentos en los cuales vivo una semana de angustia por la carencia de un hit y después paso a darme cuenta de que yo ya gané con la música. Porque mi relación personal con la música es la mejor que podría ser. La manera en la que me fue inculcada y la cantidad de ramas por las cuales puedo irme —escuchar música, publicar música, tocar música de otros— hacen que el asunto sea un poco bipolar. Pero creo que, al fin y al cabo, me doy cuenta de que tengo una relación muy sana con mi música. Desde ese punto de vista, lo del hit no importa en lo más mínimo, porque la justicia poética, al fin y al cabo, es poder inventar una canción. Eso ya está. Me doy cuenta fácilmente de que, cuando ves esa luz, te sentís iluminado por la tranquilidad, que creo que es la mayor de las victorias.
Pero después está la otra parte: vivimos en una sociedad muy exitista. Desde que existen los abanderados en la escuela y los sistemas de puntajes hay algo que siempre te empuja a sacar un “sote”, a tener un éxito y a que eso sea lo mejor. La estadística, los campeonatos, las mediciones… Hay algo que asocia la victoria con vender miles de entradas y hace que estemos «cableados» de esa manera. Entonces hay momentos en los cuales no puedo deshacerme de eso. Y la voz cantante del tema «H.I.T.» representa justamente lo que siento: esa tristeza por la imposibilidad de generar una de esas pepitas de oro que también son una parte tan importante de la mitología de la música, que es otro de mis intereses más potentes.
Es medio dicotómico, o bipolar, pero con tranquilidad y claridad me doy cuenta de que es pura cháchara. Estoy con mis amigos, con mi novia, veo a mis viejos cuando vengo acá, estoy tranquilo. Ahí está la vida, la verdad. Es eso a lo que apunto, en cierto modo.
Hay momentos en los cuales vivo una semana de angustia por la carencia de un hit y después paso a darme cuenta de que yo ya gané con la música, porque mi relación personal con la música es la mejor que podría ser.
¿En qué momento apareció el universo gráfico de Daniel Turcatti en el disco?
Francisco Cunha apareció al comienzo de esta charla, en aquella conversación en Durazno y Convención, donde imaginamos que iba a existir este recinto llamado “La Perla Perdida”, en el que iban a convivir todas estas canciones. Medio que con eso ya entre manos, Fran me dijo: «Chequeate esta ficha». Y me pasó el Instagram de Turcatti. Dije: «¿Cómo? ¿Y esto?». Me encontré con ilustraciones inspiradas en una marca de miel del este, con el personaje que acompaña a Los Chicos Eléctricos, con dibujos para Buenos Muchachos, con trabajos personales, con una especie de novela gráfica que publicó sobre los últimos días de la dictadura y (la banda) Neandertal. Pasó a formar parte de uno de mis mayores intereses, que es investigar tanto las cosas alternativas como las no alternativas de nuestra cultura uruguaya.
Ahí apareció Turcatti, con ese mundo entre gótico, glamoroso y subterráneo, y de inmediato supe que era él. A pesar de que después hubo que dar pequeños pasos para llegar a contactarlo, lo hice sin saber quién me iba a responder ni qué iba a pasar. Y apareció un personaje adorable, muy, muy creativo, muy «de la planta», con un corazón enorme. Así fue como concretamos que hiciera las ilustraciones para todas las tapas de los sencillos, la tapa y la contratapa del álbum. Además, nos dejó todos los bocetos que fue haciendo. Así que Turcatti y toda su mitología son una parte vital en la construcción del universo de “La Perla Perdida”. La clavó al ángulo con su forma de interpretar todo esto. Y, nuevamente, continúa mi cruzada transgeneracional, que también me parece vital y que hace a una cultura fuerte.
¿Qué podés adelantar de la presentación del disco que vas a hacer en Argentina y en Uruguay?
Tengo un grupo que se ha formado alrededor de estas canciones que invento y que tiene una firmeza, una solidez humana y de amistad que hacía tiempo —tal vez desde la época de Algodón— no conseguía. No necesariamente por las características de las personas que hayan pasado por mis bandas, sino porque esas cosas suceden de manera relativamente azarosa: que una persona se cruce con otra en determinado momento de la vida y que, de pronto, se encuentren seis personas que además se sientan representadas por una música que sale bajo mi nombre es otro regalo de la vida. Ahí ya ganamos. Ya gané, es una victoria total. Hay que ir al aeropuerto y hacer la caravana (bromea). Ese es el punto de partida para estos conciertos.
Nos venimos los seis. Está Tamara Leschner, que es la corista y flautista, con quien además tenemos una relación; somos novios. Después está Ignus (Ignacio Zavalla), que es el baterista y también grabó las baterías del disco. Tenemos un bajista nuevo que se llama Marcelo Nízzero, que también es un valor total. Todos son oriundos de la zona sur del conurbano bonaerense, donde la gente es un poco más montevideana, vale aclararlo. Ya nos gusta el hecho de que todos los viernes ensayamos en la zona sur. Nos gusta simplemente saber que nos vamos a juntar, y la música se ve muy nutrida por esa forma de hacer las cosas.
Después está el equipo de trabajo, que incluye a Morena Velázquez, representante de la banda, y a Florencia Russi, que es algo así como la productora del grupo. También hace de las suyas en la materialización de elementos artísticos para la escenografía; cumple varios roles, es como un comodín. También está Kevin Turbio, que es ilustrador y diseñador gráfico, con una destreza admirable en esos terrenos, y que pasó a formar parte de este pequeño compendio de personas alineadas para que esta música salga a la luz de la mejor manera posible.
Ya hace un tiempo que venimos ensayando el álbum de principio a fin, que son básicamente 20 minutos. Lo tocamos en ese orden y, después, hacemos completo el álbum “El Misterio de Paul Higgs”. Vamos a hacer eso en Buenos Aires, en un boliche que se llama Strummer, y también acá, en La Cretina, donde encontré una especie de sala de conciertos de pertenencia, algo que no sentía desde la época de Paullier y Guaná. Es un lugar donde nos reciben de brazos abiertos, tanto la gente que trabaja ahí como quienes vienen a vernos. Así que vamos a hacer dos conciertos muy especiales.
Viene como invitado Leandro Aquistapacie, que es un gran amigo mío, a tocar los teclados que grabó Hugo, adaptados a lo que él quiera hacer. Y también viene un percusionista excelente que se llama Ayrton Dos Santos, integrante de Mamba Percusión, un proyecto que hace cosas muy interesantes y organiza conciertos muy particulares llamados “Mamba a la Calle”. Imaginate: viajamos todos.
Foto: Ary Gutiérrez