Incluso Si Es Un Susurro Soviético: «No somos la banda que se espera por ser de Tacuarembó»

El próximo 25 de agosto, Incluso Si Es Un Susurro Soviético publicará “Uruguayan Sadness”, un álbum que indaga en la memoria, las ausencias y la tristeza como parte de la identidad uruguaya. La elección de la fecha acompaña el concepto del disco, que propone una reflexión sobre la memoria colectiva y las heridas que siguen abiertas.

En paralelo, Federico Cáceres —líder del proyecto— continúa impulsando Tacuanoise, el festival que nació para fortalecer la escena independiente de Tacuarembó y que ya prepara su segunda edición en Montevideo para el próximo sábado 22 de agosto a partir de las 19:00 h en Sala Rondeau (Av. Gral. Rondeau 1904). Esta octava edición del festival contará con Dani Umpi, Julia Lunar, Incluso Si Es Un Susurro Soviético, Julen y La Gente Sola (acústico), Los Subtítulos (ARG), La Real Academia (ARG), VJ Bicho Pragmático y el espacio poético «Entre el Micrófono y la Penumbra». Las entradas están a la venta a través de RedTickets.

Sobre el nuevo disco, el crecimiento de Tacuanoise y las historias personales que atraviesan ambas iniciativas conversamos con Federico Cáceres.

Por Liber Aicardi

Foto: Difusión

Comencemos con un breve resumen de lo que es Incluso Si Es Un Susurro Soviético. No sé si lo considerás un proyecto o una banda…

En principio fue un proyecto solista. En esa época habíamos vuelto a Tacuarembó con un amigo después de vivir en Montevideo, donde teníamos una banda «de dormitorio» que se llamaba Thanks God Whatever. Fue el primer proyecto con el que empecé a grabar en casa, con la computadora, y terminamos componiendo temas juntos. Incluso armamos un sello digital independiente, Gaze-fi Records. Grabábamos así nomás, con el ladrido del perro o cualquier ruido alrededor. Era un sonido muy descuidado, pero también era algo buscado.

Algunos amigos que habían escuchado esas canciones propusieron hacer una banda para tocarlas en vivo. Al mismo tiempo empecé a escribir otras canciones que no encajaban en Thanks God Whatever y quise darles un espacio propio. Casi siempre aparecía alguna referencia a Rusia o a la Unión Soviética. Un día se me ocurrió el nombre Incluso Si Es Un Susurro Soviético y me encantó, tenía algo de esos nombres largos como El Mató a un Policía Motorizado. Y empecé bajo ese nombre a grabar canciones, y casi siempre con la temática soviética, o que tuviera algo, o el nombre de una ciudad de Rusia, o algún concepto, una imagen, o un edificio brutalista, como que en la canción tuviera algo de eso. Eso me gustó mucho, y ahí le fui armando el universo a Incluso. Holodomor, que fue el holocausto que ocasionó Stalin en Ucrania, una cosa que casi nadie habla de eso, también. Una cosa que pasó que nadie lo menciona… Agarraba cosas oscuras de la Unión Soviética para plasmarlas en las canciones.

¿Esas referencias soviéticas tienen que ver solo con lo estético, con lo ideológico o también un vínculo de amor-odio?

Nunca lo sé explicar muy bien. Todo empezó por una fascinación que tuve en el liceo. Me interesaba tanto el tema que hasta fui a examen por gusto para demostrarle a la profesora que sabía del tema y salvé el examen con 12. Me fascinaba esa idea de un mundo dividido en dos durante la Guerra Fría.

En mi casa, además, siempre se habló de política porque mi tío, el hermano de mi madre, fue detenido desaparecido. De adolescente empecé a investigar más sobre el Plan Cóndor, empecé a ver cómo ese mundo que yo había leído en el liceo llegaba directamente hacia mi familia sin haberme dado cuenta, estaba conectado por algunas cosas que pasaban y entendí que aquello que había estudiado en clase también atravesaba la historia de mi familia.

Después me atrapó la estética y la arquitectura brutalista soviética. Empecé a descubrir bandas rusas de post-punk e independiente como Motorama, Buerak o Sonic Death. Con ellos terminé incluso haciendo un feat. con su cantante, algo que todavía hoy me cuesta creer. Soy muy fan de las cosas que me gustan y con todo este universo me pasó exactamente eso.

¿Qué relación encontrás entre el hecho de ser de Tacuarembó y la música que hace ISEUSS?

No somos la banda que se espera por ser de Tacuarembó, donde parece que tendríamos que hacer folclore. En ese sentido me siento heredero de Darnauchans, que salió a buscar sonidos por todos lados. Escuchaba a Bob Dylan, músicos franceses y transformaba todo eso en algo propio. A mí me pasó algo parecido cuando descubrí Bandcamp y empecé a buscar post-punk ruso, por ejemplo. Me fascinaba ese sonido y esa manera de cantar, ese idioma que no entendés pero que igual transmite una sensación enorme. Hacer esa música desde Tacuarembó también es un acto de rebeldía: buscar una identidad propia y no hacer necesariamente lo que se espera de uno por el lugar donde nació.

También fue muy importante conocer a “Nati” (Natalia Soboredo, voz, sintetizador). Cuando éramos adolescentes casi no había espacios para tocar. Después me fui unos años a Montevideo y, cuando volví, ella había organizado el Festival Alternativo. Vinieron bandas como Julen y La Gente Sola y Paul Higgs, y por primera vez empezó a hablarse de una escena indie en Tacuarembó. Todo eso fue gracias al trabajo de Nati y su grupo de teatro.

No somos la banda que se espera por ser de Tacuarembó, donde parece que tendríamos que hacer folclore. En ese sentido me siento heredero de Darnauchans, que salió a buscar sonidos por todos lados.

¿Esos fueron los orígenes del festival Tacuanoise?

Sí, yo vuelvo a Tacuarembó, la conozco a Nati y empiezo a entender ese mundo del “hacelo vos mismo”, porque nadie te va a decir: «Vení, hacé esto, te voy a dar todo este dinero». Eso no existe. Tenés que tener las ganas, salir a buscar los recursos y, si no los hay, hacer lo que puedas con lo que tenés. Llega la pandemia y se termina todo. Con Nati nos encerramos a hacer música y ahí subimos Beach Chroma, el disco de Incluso de 2020. Teníamos una necesidad tremenda de tocar esas canciones en vivo, de volver al encuentro con el público. Entonces dijimos: «Vamos a reciclar lo que fue el Festival Alternativo, cambiarle el nombre, darle una identidad nueva y volver a empezar desde cero». Ahí surge Tacuanoise, como un lugar para poder ser nosotros mismos y mostrar nuestras canciones.

Hoy se transformó en algo enorme y muy lindo. Vienen bandas argentinas, bandas de Montevideo, y los gurises de acá que forman una banda saben que tienen un lugar donde presentarse, algo que antes no existía. Ahora pueden pensar: «Este año arranco una banda y capaz que a fin de año tengo un par de canciones para tocar en el Tacuanoise». Y son re bienvenidos.

¿Cómo fue la recepción del festival en Tacuarembó en las primeras ediciones?

Creo que fue muy buena. Inspiró a que aparecieran nuevas bandas y nuevos movimientos, y eso nos pone muy contentos. Además de los grupos que tocaban, también invitábamos a compañeras a exponer artes visuales. Siempre quisimos que fuera un espacio de encuentro entre distintas expresiones.

La primera edición la hicimos en AEBU, un lugar mítico para el rock tacuaremboense. Cuando éramos más chicos íbamos ahí a ver bandas de Rivera o grupos punk que venían de Montevideo. Poder hacerlo en ese lugar fue muy especial. Después ya apareció todo el tema del papeleo y los permisos, así que nos mudamos al Club Tacuarembó, donde nos abrieron las puertas.

“Nati”, que es gestora cultural, ya tenía muy claro cómo organizar todo, qué permisos había que pedir y cómo encarar cada etapa. Gracias a ella nos constituimos como colectivo Tacuanoise y empezamos a formalizar el festival. Si cuando éramos adolescentes me hubieran dicho que para hacer un toque había que pasar por todo eso, probablemente hubiera seguido tocando en casa. Pero también lo fuimos viendo como, “bueno, seamos nosotros que hagamos eso y que los más chicos o los gurises o las bandas no tengan que pasar por ese laburo, que se dediquen a ir y tocar en el escenario”. Entonces la banda llega y están los escenarios armados, toda la infraestructura, la cobertura médica, el local, el sonido y que la banda disfrute de estar en un festival, da su show, toca para su gente, conoce otras bandas, conoce otro sonido, hace amigos y que no se tenga que preocupar de todo el resto porque hay alguien que lo va a hacer.

Y nosotros lo hacemos con ganas y nos encanta, y lo vamos a seguir haciendo porque Tacuanoise se transformó en el lugar que nosotros queríamos tener cuando éramos más chicos y no lo encontramos. Ojalá sea ese lugar donde ellos se puedan sentir ellos mismos y poder mostrar sus canciones. Ese es el objetivo.

¿Cuándo notaron que el festival empezó a tener cierta relevancia acá en Montevideo?

La primera edición en Montevideo fue el año pasado, pero antes ya había empezado a pasar algo. Muchas remeras de Tacuanoise habían llegado hasta allá y la gente nos decía: «Fui a la panadería y vi una remera de Tacuanoise» o «Fui al hospital y había alguien con una remera de Tacuanoise».

En esos años, con Julia Lunar e Incluso empezamos a tocar mucho en Montevideo, algo impensado para una banda de Tacuarembó. Muchas bandas nos invitaban y El Bloque Radio fue fundamental para generar esos cruces. Tocamos en el festival Nuevo Día, en fechas organizadas por El Bloque y Fede Morosini también nos dio una mano enorme.

Se armó algo que parecía imposible: una banda de Tacuarembó viajando una vez por mes a tocar en Montevideo. Era hermoso y también carísimo, porque te funde, pero fue una inversión enorme en amigos, contactos y experiencias. Viajábamos de madrugada en Turil, llegábamos de mañana, ensayábamos, porque además la mitad de la banda vive en Tacuarembó y la otra mitad son tacuaremboenses que viven en Montevideo. Pero todo eso fue lindo y ayudó.

Tacuanoise se transformó en el lugar que nosotros queríamos tener cuando éramos más chicos y no encontramos.

«Uruguayan Sadness», el disco que se viene en unas semanas de ISEUSS, es un disco especialmente significativo para vos, ¿no? La portada es una foto del Memorial de los Detenidos Desaparecidos y probablemente sea explícitamente el disco más político del proyecto…

Creo que sí, me aburrí de la tibieza (bromea). Es un disco bastante político y bastante personal, pero, a la vez, cuando lo tomé como algo personal, después nos dimos cuenta de que era no sé si universal o, al menos, de Uruguay. No sé cómo llamarlo. Hay una herida que sigue abierta en el Uruguay y que cargamos todos los uruguayos hasta el día de hoy…

En un momento empecé a tomar el disco como algo personal y familiar, porque es una historia que hay en mi familia. Quería hablar sobre eso. Mi tío, Luis Alberto Camacho, fue desaparecido en 1976 en Argentina y tenía 21 años. Yo hoy tengo 31, o sea que ya tengo diez años más que él. Tengo una imagen de él construida a partir de todo lo que mi madre me contó. De grande también empecé a investigar documentos del Estado, porque hay mucho material en internet, y mi madre me alcanzó cartas y fotos que conservaba.

Quería hacer un disco o varias canciones que tuvieran que ver con él, pero también con otros desaparecidos que siguen sin aparecer y de los que todavía no hay respuestas. A él lo encontraron en 2002 y sus restos fueron repatriados a Paso de los Toros, que era su ciudad natal.

¿Como compositor necesitaste pasar por determinadas temáticas a lo largo de los discos hasta llegar a hablar de esto o simplemente fue una cuestión de que coincidieran las coordenadas de tiempo y espacio?

Yo creo que se dieron las coordenadas de tiempo y espacio, y también la madurez mental como para poder hablar de eso. En los discos anteriores ya aparecía un poco el tema. En Make Uruguay Depressive Again, por ejemplo, la canción «Vorkutá» estaba dedicada a mi tío. Me gustó mucho escribir canciones pensando en qué diría él si estuviera cantándolas. En este disco hay una canción que se llama «Tristeza Uruguaya» y ahí jugué con eso: por momentos habla la persona desaparecida y, por otros, hablan los familiares. A medida que escuchás la canción te vas dando cuenta de quién está hablando, pero me gustó hacer ese juego. Hablan las dos partes que han sufrido.

Y más allá de la temática general que pueda tener el disco, siempre sobrevuela el tema de la salud mental, de la depresión y la ansiedad, que es algo de lo que se habla a nivel sociedad, pero hasta ahí nomás…

Sí, hasta ahí. Desde que empecé a ser consciente de las letras que escribía, sentí que Incluso era un canal para pasar ese «hasta ahí» y decir claramente: «Mis amigos se están muriendo, se están matando, ¿qué va a pasar? ¿Qué está pasando? Hoy me siento totalmente horrible, me quiero morir. ¿Qué pasa?».

Agradezco haber tenido contención familiar en momentos en los que me sentí así. También nos ha pasado que hay gente nos escribe para decirnos que escuchó una canción en un momento muy difícil y que le sirvió de consuelo. A mí también me pasaba: cuando estaba más triste o más depresivo escuchaba música más triste, porque en realidad estaba buscando algo que me abrazara y estuviera en la misma sintonía que yo. Con la música de Incluso siempre traté de hacer eso: como hacerme un masaje en el pecho y decir «tranquilo, es así, ya sabemos». Algo así.

Quería hacer un disco o varias canciones que tuvieran que ver con mi tió detenido desaparecido, pero también con otros desaparecidos de los que todavía no hay respuestas.

Esta es la primera vez que le das carta blanca a un tercero para que trabaje en la mezcla y la producción. ¿Cómo te sentiste con eso?

Al principio tenía miedo, en el medio no, y después en otros momentos también me daba miedo si entendería el sonido o lo que yo pretendía. Al final sí. Ezequiel Rivero es una persona re abierta que primero te escucha y te dice: «Bueno, ¿qué es lo que querés?». Ahí intercambiamos ideas.

La esencia de las canciones la mantuvo y eso me dejó muy contento. Ahora las escucho y son un producto de mucha mejor calidad que lo que yo hacía en casa. Antes de este disco todo lo grabé en casa, con las computadoras que teníamos, que eran como tres o cuatro computadoras que no hacés una, pero las usaba todas. Soy muy de armar el home studio donde sea. No he llegado a armar uno en el baño porque no me han dejado (bromea), pero si pudiera lo haría.

Un día estaba en el living y decía: «Tengo tal canción, voy a grabarla», armaba la compu, el monitor y la interfaz ahí. Otro día estaba en el patio con todas las cosas. Esa era mi manera de hacer música. Si se presentaba el momento, me ponía a grabar. A veces una guitarra quedaba medio mal o aparecía un ruido, o el perro del vecino se ponía a ladrar mientras grababa una voz, y todo eso quedaba. De esos errores también encontraba cosas lindas. Este fue el primer disco en el que me animé a desprenderme de las canciones y dejar que alguien más aportara su visión sobre lo que había hecho. Me gustó mucho el trabajo de Ezequiel.

Cuando uno repasa las colaboraciones, o los feats como se dice ahora, hay algunos que pueden ser hasta obvios, como Fede Morosini, Pablo Torres o Julia Lunar. Pero hay uno en particular, Kas, un artista de Moldavia. ¿Cómo llegaste a vincularte con él?

Es un artista de Moldavia, sí. El vínculo con él fue genial. Los dos somos fanáticos de la banda rusa Sonic Death. Creo que él hasta pudo ir a verlos tocar allá, en Rusia o Ucrania. Él está en Moldavia, que es un país de la ex Unión Soviética, y nos conectamos por internet. Creo que un día compartí la canción que hice con Arsenij, el cantante de Sonic Death, y vi que Kas también hacía música. Tenía un perfil en Spotify y enseguida le escribí: «Do you wanna make a feat?». Esa es la frase que le mando a todo el mundo (bromea). Hasta a The Cure, creo.

Empezamos a charlar y le propuse hacer una colaboración. Me dijo que sí. La canción es «La noche se hizo para llorar», que tiene dos versiones. Está la versión en español, que creo que es la tercera del disco. La primera idea era que él la cantara en español. Lo hizo re lindo, aunque era re difícil para él. No se entiende nada, pero quedó hermoso. Después no sé si fue idea de él o mía, probar hacerla en su idioma natal. Y ahí él lo hizo, reversionó la canción, cambió un poco la letra, pero el estribillo lo mantuvo. El estribillo dice: “La noche se hizo para llorar y estar consciente de la tristeza”. Y él lo hizo en rumano, y es re lindo escucharlo, es una sensación linda.

¿Cuáles son los próximos pasos de ISEUSS y de Tacanoise?

Y ahora lo que viene es: el 22 de agosto hacemos el Tacuanoise en Sala Rondeau, donde tocamos con nuestro rey más grande de Tacuarembó, Dani Umpi. Para nosotros es un honor compartir escenario con él. También va a ser la presentación del disco de Julia Lunar, toca Julen y La Gente Sola, y vienen dos bandas de Argentina: La Real Academia y Los Subtítulos. Después, en setiembre, la embajada del Tacuanoise cruza de manera diplomática a hacer unas fechas en Argentina. El 15 vamos a estar con Julia Lunar en el Centro Cultural Rojas, en el ciclo Visage, junto a Tailandia. El 19 hacemos una edición de Tacuanoise en La Plata, en Casa Unclan, con Julia Lunar y Fede Julen y La República Occidental. Y también estamos por confirmar una fecha de Tacuanoise en Buenos Aires, que todavía no está cerrada.

Foto: Difusión
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