Naoko: “Si en los festivales tocan siempre las mismas personas, que además son varones, es muy difícil que te conozcan”

Naoko, el proyecto musical de Julietta Astol, publicó “Groupies”, su segundo trabajo de estudio y primer visual album: una obra de once tracks que combina rock alternativo, post-punk y una sensibilidad indie pop con una historia que se despliega también a través de lo audiovisual. A partir de la figura de la groupie, el disco cuestiona los lugares asignados a las mujeres en la escena musical y propone una mirada atravesada por el deseo de ser, la rabia y la disputa del poder que brinda el escenario.

Además, este sábado 24, a las 20:30, en Sala Rondeau, el reciente lanzamiento tendrá su presentación en vivo con localidades agotadas. A propósito de todo esto, conversamos con Julietta sobre el proceso creativo detrás del álbum, la construcción de su universo sonoro y visual y las desigualdades que persisten en una escena musical donde las mujeres todavía deben disputar espacios y reconocimiento.

Por Liber Aicardi

Foto: Selene Benzano

¿Cómo fue el proceso de “Groupies”?

Hace tres años más o menos, cuando estaba por sacar el primer disco, se me ocurrió la idea de que tenía ganas de hablar un poco de eso. No sabía bien cómo lo iba a abordar, pero ya había algo ahí para explorar. Y lo primero que hice fue empezar a desarrollar un poco el concepto de la groupie, revisar también cómo fue retratado históricamente en la cultura pop. Por ejemplo, el audio con el que empieza el disco es de la película Casi famosos, entonces me fui un poco a esas referencias y a la connotación más negativa del término.

A mí me gusta primero empezar por el concepto antes que las canciones. Entonces, empecé ese proceso más de investigación, después como un poco más de investigación personal, de en qué puntos me removía eso a mí, y ahí fui armando la historia que quería que fuera una historia de un personaje, quería que fuera medio el camino del héroe. También que tuviera cosas mías o de mis amigas, o de lo que es ser una mujer en video, pero más sátira, más paródico, más exagerado, que en un punto tenga como un extrañamiento, que no sepas bien si estás en Montevideo o en una ciudad inventada.

Empecé a desarrollar esa historia y planteé momentos, como «¿qué quiero que pase en el disco?». Ahí, más o menos, pensé en esos diez momentos y después bajé cada momento a una canción: qué quería que pasara en cada canción, o sonoramente, para dónde quería que vaya. Ahí empecé a maquetear —yo hago todo en MIDI y después eso lo llevo a la banda—. Ya tenemos esa forma de trabajar: yo compongo y después producimos juntos. A medida que iban surgiendo, les iba mandando las canciones y ellos también me iban dando cada uno su opinión. También era la primera vez que grabamos baterías —en el disco anterior era todo electrónico— y fue lo único que fuimos a un estudio a grabar. El resto lo grabamos todo nosotros, como home studio ahí, pidiendo cosas prestadas y a base de favores y «mangazos». La grabación la hicimos el año pasado y este año terminamos de grabar algunas cositas que habían quedado y ya nos pusimos a mezclar.

El álbum viene acompañado de un audiovisual para cada una de las canciones y, a su vez, están unidos por una historia. ¿El audiovisual lo desarrollaste en paralelo o surgió luego de que terminaron el disco?

La idea del audiovisual surgió más o menos con la idea del disco. Yo sabía que quería videos que acompañaran la historia para que también la historia fuera más potente y que esta cosa del personaje se viera más clara. Todavía no tenía muy definido qué se iba a ver. Luego conocí a Selene (Benzano), que es la directora de los videos, y empezamos a hablar el año pasado con ella. En un momento yo había presentado el disco a Fonam y a Fondos Concursables, y dijimos: «Si salen los fondos, sale el audiovisual». Después los fondos no salieron y ella ya estaba re copada y lo quería hacer igual.
Eso, como lo fuimos haciendo juntas, fue todo muy de ir acercándome a personas también y decirles: «Che, tengo esto, ¿querés ser parte?». Por suerte, muchas personas me fueron diciendo que sí y se armó un equipo de trabajo re grande. Y por eso después las cosas salieron como salieron; si no, no se hubiera podido.

Al principio me decías que el concepto ya lo tenías desde la época de Urbe Vortex, tu primer disco. ¿Sentís que tuviste que pasar antes por la experiencia de un primer disco o de tomar confianza para abordar estas canciones?

En realidad, cuando se me ocurrió esto de Groupies concretamente, ya había cerrado Urbe Vortex. No había salido todavía, pero ya estaba todo cerrado, ya estaba todo hecho. Lo que sí creo es que cuando hice Urbe Vortex ya había una inquietud por este tema, ya un poco en algunas canciones lo empiezo a tocar, como esta cosa de querer hacer música, pero no sentirme del todo representada. Entonces, no saber qué hacer o decir: «Capaz que esto no es para mí». Todas esas cosas ya estaban un poco presentes en ese primer disco y siento que en este usé la metáfora de la groupie para ahondar un poco más.

Pero sí, igual creo que fue como un recorrido, no sé si de confianza, pero sí como de cosas que me empezaron a pasar también después de que me animé a sacar un disco, de darme cuenta de que por ahí podía ocupar un lugar. Pero igual siempre era un poquito diferente, ¿viste? No era lo mismo que un varón, siempre iba a seguir pidiendo permiso. También tener esa experiencia me sirvió para formar el discurso que después desarrollé en Groupies.

¿Tu idea era también plasmar una historia de una groupie en Montevideo, que no es lo mismo que Los Ángeles, por ejemplo, hasta por el acceso al artista?

Sí, y también hacerlo ahora, en 2026, comparado con los 70 o los 60, son otras cosas. Y aparte, soy una mujer de 30 años que lo estoy haciendo, y capaz que la representación de la groupie de ese momento —de los 60— tenía 14 años, capaz. Sí, creo que quise hacer como una referencia estética a todo ese mundo, pero discursivamente sí, estoy más para acá, basada en mi experiencia y también en la de mis amigas. El proceso de composición del disco tuvo mucho de sentarme con mis amigas a tomar una cerveza y charlar y reflexionar sobre cosas y decir: «Esto me lo llevo para pensarlo» para la resolución de una canción.

Me gusta también poner en tensión cosas que no están necesariamente tan emparentadas, entonces desde la estética tiene toda esa cosa que no parece tanto Montevideo, porque tampoco nadie anda así vestido en Montevideo, digamos.

Me parece interesante la línea narrativa en la que trabajaste. Por ejemplo, hay momentos en que la relación de la groupie con el artista es hasta tóxica en exceso, hasta desde un lugar de acoso. Un acoso al revés de lo que uno está lamentablemente más acostumbrado. ¿Te propusiste plantearlo desde ese lugar también, en el sentido de «Hey, varones, miren qué mal está esto»?

Un poco sí. También lo que me propuse es hacer ese ejercicio de que el personaje, de alguna manera, lo que está queriendo hacer es imitar al ídolo. También está la línea fina entre si quiere ser su novia o si quiere ser él, entonces, como que esa cosa de querer ser él empieza a tensionar y termina matándolo, porque la metáfora es que lo terminan matando. Entonces, sí, creo que es como lo que te decía hoy del extrañamiento, de poner las cosas medio torcidas, y a veces hacen que desnaturalices. Lo pensé un poco así: llevar al extremo también la obsesión femenina y convertirla también en ira, en violencia.

El proceso de composición del disco tuvo mucho de sentarme con mis amigas a tomar una cerveza y charlar y reflexionar sobre cosas y decir: ‘Esto me lo llevo para pensarlo’ para la resolución de una canción.

Otra cosa interesante también, por ejemplo, está en el tema «Te vamos a robar la guitarra», que es una forma de decir «vamos a tomar tu lugar», como paralelismo de lo que pasa en la escena musical…

Sí, y lo que decías de que es verdad que por lo general es más visible la violencia del varón, y acá un poco esa cosa se da vuelta, pero también siento que lo que se viene construyendo llega al punto en que termina matándolo. Antes de eso, viene todo como una cosa de ninguneo también, de él hacia ella o de ellos hacia ellas, porque en realidad es como más universal, ponele. Eso es una forma de violencia también y es como una cosa de hartazgo de que en un momento tanta violencia, tanta violencia termina generando el contraataque.

La lectura más clara es que «si no te robo la guitarra, yo no me voy a subir al escenario». ¿Fue esa la intención?

Sí, total. Es como que, si yo no hago algo radical, nadie va a venir a ofrecerme un lugar acá. Sí, te van a venir a ofrecer un lugar, pero con las condiciones que ellos quieran y un lugar en el que seas funcional a ese show. Entonces, es medio como venir a invadir ese lugar y cambiar las reglas: «Ahora es mi show».

¿Cómo ves el tema de la cuota de género, que cada tanto se retoma esa discusión?

Yo creo que sí, que son necesarias. O sea, es uno de los caminos. Me parece que obviamente no alcanza solo con eso, pero también me parece bien porque vivimos en un país también en el que ya, de pique, no se le da mucha bola a los artistas locales en general. Se les da bola una vez que llegan a unos lugares, que triunfan en otro lado. Yo siento que al público también, de alguna manera, hay que educarlo. Capaz que suena medio snob, pero no de una manera soberbia, sino como de una manera de mostrarle que también hay otras cosas. Y en ese sentido, lo de las cuotas me parece que es coherente: si vos en todos los festivales ponés siempre a las mismas personas, que además son varones, es muy difícil que la gente te conozca, que la gente escuche cosas diferentes. Después vienen, no sé, artistas de otros lados y pagan 6.000 pesos la entrada, pero a la gente le cuesta poner 300 pesos para ir a ver un toque.

También pienso que no es el único camino y que también hay una parte nuestra que tendremos que encontrar el otro camino, pensar cosas o ir probando también. Yo pienso pila en las cosas que pasan, en la dinámica que se genera con los festivales, que siempre el lugar de la mujer en el festival es el del cupo femenino. Y me parece como que capaz que hay que hacer algo también desde adentro. Cuando llegás a ese lugar, también apropiárselo de otra forma. Son preguntas que me hago, no sé cuál es la solución.

En lo estrictamente musical, me contabas que las baterías las grabaron con baterías reales, no programadas. ¿A qué se debe esa decisión?

Creo que yo quería buscar un sonido un poco más rabioso, representar eso también desde la música. Las referencias son más noventosas que en Urbe Vortex, que es más ochentoso —igual también tiene cosas más contemporáneas—, pero acá me pegó un viaje más para el lado de lo que estaba escuchando en ese momento, supongo, pero también, como tenía sentido con el concepto. Porque era como representar un poco la rabia femenina también sonoramente. Entonces, en esta era tenía que ser más rock el disco. Igual tiene pila de pop, pero sí es verdad que está, que las guitarras y la batería son más rockeras.

Hay muchos temas que no bajan de los cuatro minutos, incluso hay uno de siete minutos. ¿Qué tanto tomás en cuenta ese tipo de cosas, que tienen que ver con fórmulas de acuerdo a la forma de escucha actual?

Yo hago los temas del largo que me salen. Hay un momento en el que digo: «Termina acá el tema, no tengo más nada para decir», y a veces eso es a los dos minutos y a veces es a los siete. No me gusta cortar temas, eso también es una pelea con los chiquilines (risas). «¿Siete minutos de una guitarra y una voz?». Sí, no le quiero cortar una estrofa, ahí estoy diciendo cosas. No lo pienso mucho eso.

Si yo no hago algo radical, nadie va a venir a ofrecerme un lugar en la escena. Sí, te van a venir a ofrecer un lugar, pero con las condiciones que ellos quieran y un lugar en el que seas funcional a ese show.

Para el lanzamiento del disco organizaste una escucha con público. ¿Cómo viviste esa instancia?

Fue raro, fue medio surreal, me puso un poco ansiosa. Pero a la vez tenía tantas ganas de decir «terminé» y de celebrarlo. Como fuimos un equipo tan grande, tenía ganas de que nos juntáramos todos y lo viéramos todos juntos y lo escucháramos todos juntos. Eso era más importante que mis nervios en ese momento. Y, aparte, últimamente estoy en un momento, no sé si más aventurero de mi vida, en el que, por más que las cosas me den miedo y me den nervios, igual me mando.

Pero es una experiencia rara, obvio, porque de repente ves a la gente ahí, medio en silencio, y no sabés si lo están odiando, les está encantando o no entienden nada, si piensan que estoy loca, si soy una ridícula. Sí, me pasa todo por la cabeza. Pero estaba tan contenta también que era como: «No me importa, no me importa que lo odien, ya lo hice, ya está». Ahora lo puedo odiar yo también si quiero, ya está hecho (bromea).

¿Qué se puede adelantar del show presentación de Groupies?

La idea es llevar un poco el universo de los videos al vivo, con algunas apariciones, con invitados. Vamos a ser un montón en escena porque sumamos tres coristas, tenemos una guitarra más en muchos temas, así que va a ser el show más grande que hicimos en ese nivel. Va a tener bastante despliegue y vamos a tocar el disco entero de principio a fin.

Para terminar, ¿cómo te llevás vos con los y las groupies?

No tengo (risas). Siento que es algo que ni siquiera existe realmente. Además, no creo que haya forma de ser un groupie varón. Siento que siempre es una cosa que nos achacan a nosotras por ser fans o porque te gusta el músico, pero igual yo le doy pila de lugar a la gente nueva que se acerca y viene a ver, está «de más».

Es algo que no sé si me esperaba tanto, la buena recepción. No solo con este disco, con el anterior hay un grupo de gente que viene siempre. Ya sé que, si hay una fecha, por lo menos hay 50 personas que van a venir y están al lado. O sea, obviamente, para los números de los artistas mainstream o la gente que vive de la música son números chicos, pero cuando te ponés a pensar, hay 50 personas que pagan la entrada para venir a verme. Y ahora que los números en Spotify están en 4.000 oyentes… ¡Hay 4.000 personas que están escuchando por lo menos un tema del disco! Eso me hace pirar. Estoy muy agradecida, la verdad.

Foto: Selene Benzano
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