Calamaro recorrió más de cuatro décadas de clásicos “como cantor”

Con un repertorio que recorrió todas las etapas de su carrera, el pasado domingo 31 Andrés Calamaro volvió al Antel Arena para ofrecer un concierto donde convivieron clásicos de su obra solista con otros de Los Abuelos de la Nada y Los Rodríguez. Tal como el nombre de su gira “Como Cantor”, durante casi dos horas, el argentino confirmó la importancia de su cancionero en el rock hispanoamericano. Presentó un repertorio que atravesó más de cuatro décadas de canciones, donde los temas cambian, se mezclan y encuentran nuevas lecturas en nuevas sonoridades e interpretaciones.

Texto: Liber Aicardi



Fotos: Marcos Harispe

El comienzo con «Todavía Una Canción de Amor» —de su enorme banda española/argentina Los Rodríguez— inició un recorrido donde abundarían grandes canciones que marcaron el rock en nuestro idioma desde los 80´s hasta hoy. «Carnaval de Brasil» y «Mi Gin Tonic» siguieron marcando el tono de una gran noche que reafirmó el carácter transversal del repertorio del “salmón”.

«Pasemos a Otro Tema» —del emblemático álbum ochentero «Nadie Sale Vivo de Aquí»— marcó su primera interpretación en los teclados, algo que repetiría en distintos momentos del concierto. Desde allí asumió por momentos un rol más cercano al de director musical, respaldado por una banda sólida y efectiva, especialmente en los pasajes más rockeros del show. El riff de «A Los Ojos» marcó también el primero de esos momentos. «Cuando No Estás», «Loco» y «Crímenes Perfectos» nos remitieron a la etapa más popular del artista. «Señal Que Te He perdido» mutó de forma inesperada en «Te Quiero Igual» (aunque en una versión reducida), un juego que más adelante volvería a utilizar en «Las Tres Marías/Mil Horas». Pequeños gestos que muestran cómo Calamaro sigue reescribiendo su propio repertorio en vivo, borrando fronteras entre canciones y épocas. En ambos momentos la sección de vientos fue protagonista del pasaje de un tema a otro. “Costumbres Argentinas” nos devolvió al joven tecladista de Los Abuelos de la Nada.

La gran interpretación del tango «Garúa» se transformó en uno de los puntos altos de la noche, especialmente en el aspecto vocal. Antes de ello, agradeció a “un público que escucha atento” (la versión diplomática de “los uruguayos son más amargos que el mate”). Y este comentario no fue menor, ante una audiencia se limitó a cantar tibiamente, incluso en momentos donde Calamaro apeló una respuesta mayor. Esa actitud contemplativa del público —que colmó el recinto— contrastó durante buena parte del show con la energía y el poder de las canciones. Recién con «Mi enfermedad» llegó el primer gran estallido colectivo de la noche. A partir de allí, el concierto encontró una respuesta más acorde al peso de los clásicos que seguían llegando.

«El Salmón», «Palabras Más, Palabras Menos» y una especialmente poderosa «Alta Suciedad» mostraron a la banda en uno de sus momentos más contundentes. Las guitarras ganaron protagonismo y el show alcanzó una intensidad que hasta entonces había aparecido de forma intermitente. «Sin Documentos» intentó encender al Antel Arena y confirmó que el repertorio de Los Rodríguez sigue conservando una conexión inmediata con el público rioplatense.

Escénicamente, una gran pantalla de fondo complementó de forma correcta lo musical entre imágenes bélicas, Maradona y otras cuestionables que reflejaron corridas de toros, carreras de galgos e hípicas. Por su parte, más allá de alguna imperfección puntual en el tramo final del concierto, Calamaro mostró un rendimiento vocal notable, especialmente en las canciones que exigían mayor sensibilidad interpretativa. En el tramo final, «Paloma» ofreció uno de los momentos más emotivos de la noche, dando paso a «Flaca», recibida como uno de los grandes himnos de la velada.

Para los bises llegaron «Output-Input» y «Estadio Azteca», una de esas canciones que parecen crecer con el paso de los años, particularmente el recitado “habiendo pedido tanto, no perdí mi amor al canto ni mi voz como cantor”, sigue estremeciendo, funcionando como una declaración de principios.

El cierre quedó reservado para «Los Chicos». Acompañada por imágenes de combatientes de Malvinas, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la canción adquirió una dimensión distinta a la de su versión original. No fue un gesto aislado sino una extensión de algo que atravesó todo el concierto: la voluntad de volver sobre el repertorio para encontrar nuevos significados. Un cierre poderoso en todos los sentidos.

Si algo dejó claro la presentación de Calamaro en Montevideo es que sus canciones siguen siendo material vivo. Ya sea recuperando clásicos de Los Abuelos de la Nada, revisitando el legado de Los Rodríguez o recorriendo distintas etapas de su carrera solista, el músico argentino continúa dialogando con su propia obra desde el presente en una búsqueda que, más que un ejercicio de nostalgia, es lo que mantiene vigentes sus conciertos.
Fotos: Marcos Harispe
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