Los ecos de Soda Stereo tomaron el Antel Arena

La gira Soda Stereo Ecos, que dio inicio en marzo pasado en Buenos Aires y que aún tiene pendiente casi una veintena de fechas por varias ciudades de Latinoamérica y España, desembarcó el pasado sábado 2 de mayo en el Antel Arena con un lleno total. La misma reúne a los integrantes de la banda más importante de habla hispana en el continente —incluyendo la voz, guitarra e imagen del fallecido Gustavo Cerati— y atrajo a un público de diversas generaciones, desde niños hasta contemporáneos del trío, que pudieron presenciar lo más cercano a lo que pudiera ser un show de Soda en la actualidad, con un altísimo nivel tecnológico y el poder de las canciones como arma imbatible.

Por Liber Aicardi

Foto: Difusión
¿Un recital? ¿Un show tecnológico? ¿Un tributo a la figura de Cerati? ¿Un encuentro nostálgico? ¿Una película en 3D? ¿Una nueva reunión de Soda Stereo? ¿Un viaje al futuro, como lo definió Charly Alberti en el final? Si esto fuera un multiple choice, la respuesta correcta podría ser perfectamente “todas las anteriores”. Lo que vivimos el sábado en Antel Arena tuvo un poco de todo lo mencionado. Es difícil poner en palabras un espectáculo con tantas aristas diversas, donde además debemos sumarle el complemento emocional del encuentro con el sonido y la presencia digital de alguien que ya no está entre nosotros. Claro está que el resultado también está condicionado directamente al significado de la obra de Soda y Cerati en la vida musical y en el fanatismo de cada concurrente.

Entrando en la crónica de la experiencia —creemos que es la definición más justa—, podemos decir que tuvo sus grandes aciertos y algunas patas flojas. Entre éstas, la pretendida interacción verbal entre el Cerati de la pantalla con Zeta y Charly (no tanto por el saludo del primero al bajista, sino por la respuesta de éste); un par de temas donde sólo se proyectaron visuales (uno de ellos en 3D), con el escenario vacío de músicos; los créditos en la pantalla al final mientras sonaba “Zona de Promesas”, tal como si estuviéramos en el cine; y, por supuesto, la vibra. Pero también la percepción depende de la complicidad con la que uno, como espectador, tome la propuesta. Y en eso no hay otra opción: la subjetividad manda.

Durante 1 hora y 40 minutos, las canciones de Soda de todas sus etapas funcionaron, en cierto modo, como banda de sonido de un espectáculo visual donde la puesta en escena fue de primer nivel —que incluía una estructura montada en el techo del Antel Arena—, con elementos dosificados acertadamente en función de mantener el interés y que no descuidó detalle si nos centramos en lo más convocante de esta gira: la imagen del líder de la banda. La caminata de entrada al escenario de las siluetas de los tres integrantes (incluyendo la proyección digital de Cerati); el asistente (siempre en contraste) que ingresaba a acercarle las guitarras cuando era necesario un cambio de instrumento; los primeros planos del pie derecho sobre los pedales de efectos; los monitores; una iluminación diseñada para impedir que “se vieran los hilos”; una malla transparente que subía y bajaba en algunos temas, confundiendo los planos de los músicos; los espacios para que cantara el público; una visión del recinto desde una cámara que simulaba estar ubicada a espaldas de la figura de Gustavo; hasta la precisión de sincronía corporal, vocal y de ejecución con el audio, sumaron para lograr un efecto muy realista e intentar conquistar la complicidad de los más escépticos. Los momentos mejor logrados sucedían cuando el duotono dominaba el escenario, llegando incluso —en “Planeador”— a reunir en torno a la batería de Alberti a Gustavo y Zeta; por unos segundos se fundieron en un solo cuadro, con centímetros de distancia entre sí. A lo largo del show, la ilusión aumentaba a medida que uno se encontraba a mayor distancia del escenario; ahí, las altas pantallas laterales también hicieron lo suyo.

Si a eso le agregamos un setlist que incluyó 19 de las canciones más representativas del grupo, en versiones tomadas en su mayoría de la gira reunión “Me Verás Volver” de 2007, la fórmula no debía fallar. Sin embargo, cuando en el final sonó la inmortal versión de “De Música Ligera” de 1997 —la del “Gracias totales”—, Charly y Zeta se mezclaron entre el público en sendas tarimas a ambos lados del campo, un público que la mayor parte del tiempo se limitó a cantar explotó en saltos y emoción, como si de repente se hubiera despertado y reaccionara a la energía del vivo, la que bien supo transmitir el propio Cerati en vida, y quien tuvo la oportunidad de verlo lo sabe. Al menos en un recital de rock, eso es medio partido ganado y de lo mejor que uno se puede llevar camino a casa.

Foto: Difusión
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