Buenos Muchachos en el Teatro de Verano: El regreso en grande de algo que nunca se fue

Algunos regresos se sienten inevitables: solo era cuestión de que todo coincidiera; pero cuando suceden trascienden el mero hecho de la coincidencia, en este caso de volver a subirse a un escenario luego de casi tres años y medio. Lo de Buenos Muchachos en el Teatro de Verano, en la doble fecha del 24 y 25 pasados, tuvo además de la carga simbólica de la vuelta, la sensación de que la banda nunca terminó de irse, porque no hubo una despedida, por ende, tampoco hubo duelo. Todo estaba ahí intacto y en su lugar, en su “caja de canciones”, como lo mencionaba la promoción del espectáculo.

Por Liber Aicardi

Fotos: Paul Hernández
El pulso del reencuentro empezó a marcarse a las 21:15 del sábado, cuando “Coral #5” abrió la noche con José Nozar ubicado desde el fondo, pero al centro del escenario, marcando desde la batería el ritmo de un corazón que volvía a latir. Durante esos primeros segundos, mientras se iban sumando los instrumentos, lo que se escuchaba no era solo una canción: era el punto exacto donde banda y público volvían a encontrarse. Sí, estaba sucediendo algo que, para muchos, parecía lejano. Otros fueron “llevando” la ausencia a través de los proyectos surgidos durante ese hiato (Filo, Service de Sound, Suma Camerata, Pancho, entre otros), pero no por eso negando lo que en algún momento se iba a dar. Es cierto también que el hermético manejo de la banda al respecto aumentaba la incertidumbre, la que se despejó en diciembre pasado al anunciarse el evento.

Fue un reencuentro vivo, potente en lo emocional, pero muy lejos de un ejercicio de nostalgia, más bien de alivio. Siguieron con “Desestrés” y “Cecilia”, que apareció de forma tempranera, como si para el setlist —de 30 temas— decidieran no guardarse cartas para la mano final.

El primer gran sacudón llegó con el crescendo de “¿Qué hacés João?”. Ahí, por primera vez en la noche, el Teatro de Verano explotó: una de esas subidas que no son solo musicales, sino físicas, de piel erizada. La explosión desembocó en el primer gran coro multitudinario de la noche y, casi como cayendo en la cuenta del paso del tiempo, Pedro Dalton soltó: “Se extrañaba…”. Más que una frase, una constatación: Buenos Muchachos necesitaba volver a sentirse una banda en comunión con ese público fiel que la empujó a lo largo de 35 años a convertirse en la banda de culto más popular del país.

El repertorio visitó toda su discografía: desde aquel lejano “Nunca fui yo» (1996) hasta el infravalorado, oscuro y denso “Vendrás a verte morir» (2020). Esa amplitud no se sintió como una retrospectiva, sino como una continuidad. Más adelante, “La isla era un camalote” apareció en una versión intensa y épica, de esas que crecen sin pedir permiso. En ese recorrido, la explosión de “El Faro”, dedicada a Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll —la dupla detrás de 25 Watts—, funcionó como una pequeña catarsis colectiva. El tramo más atmosférico tuvo su cierre con “Vos más que vos”. “Sin más” sostuvo la vara altísima (como en cada una de sus interpretaciones), y dio paso a “Tonight”, “Dormez-vous” y “Solo pienso” con el vocalista encargándose del theremin. Hubo también lugar para el humor y la complicidad. Antes de “Villete de oro”, Pedro la presentó como “un clásico indiscutido de toda nuestra discografía”. La frase, a medio camino entre la ironía y la afirmación, dijo bastante sobre el vínculo de la banda con su propio repertorio.

Tras una breve pausa, el regreso del sexteto fue con “Temperamento” y un agite inmediato, casi como un reseteo energético. “Antenas rubias” y “Beefheart” fueron muy celebradas, y el bloque que siguió —“Y la nave va” y “He never wants to see you”— empezó a preparar la veta más visceral, ya sobre el final. Ese costado explotó con “Pavimento del buen muchacho” y “Un salto en la ciudad”. Uno de los momentos donde el pasado apareció, pero no como pieza de museo: más bien como material todavía en combustión, capaz de encenderlo todo con las 5.000 gargantas dándolo todo, porque “lo que calma es el grito”. Al final del tramo, Pedro soltó otra de las pocas frases que funcionaron como guiño hacia el paréntesis de la banda: “Muchas gracias por la paciencia, por seguirnos queriendo, por el respeto, por no preguntarnos qué pasó cuando nos cruzábamos en la calle”. No hubo más explicaciones. Ya no hacían falta.

Cuando todo parecía encaminarse a un cierre alto en intensidad, “Sangre de Arachania” plasmó otro camino: bajar el clima lentamente, como quien desciende de una experiencia que todavía no termina de procesar. Dos horas y cuarto después, el efecto era ese: una especie de abducción compartida.

También hubo silencios. No hubo referencias a las ausencias de Gustavo “Topo” Antuña ni de Ignacio Gutiérrez, en línea con el hermetismo con el que se maneja la banda. En el caso del primero podría suponerse que el motivo de la ausencia sea la cargada agenda del Cuarteto de Nos, en cuando al tecladista se desconoce si responde a una decisión estética o personal. Tampoco hubo mención a José Luis “Jota” Yabar, quien, como reemplazante natural de Antuña, se integró de forma totalmente orgánica a las guitarras de Marcelo Fernández y Pancho Coelho —este último con un protagonismo mayor al habitual—. Lo importante pasó por otro lado: en cómo sonó el conjunto, más que en quién faltaba.

La puesta acompañó y potenció la propuesta, como habitualmente sucede en los recitales de los Buenos. Un telón de fondo aparentemente austero que, sostenido por un diseño de luces preciso, terminó siendo protagonista. Nada recargado: apenas unas tarimas marcaban el espacio del bajista “Nacho” Echeverría, el “Jota” y el “Negro” Nozar. Todo al servicio de las canciones y el clima, con ambientes monocromáticos, flashes, contrastes e iluminación cinética, total sincronía entre música y visualidad.

Entre los músicos también hubo matices. Pedro se mostró especialmente suelto, disfrutando desde el inicio, mientras que el resto de la banda pareció entrar en ese estado un poco más tarde, todavía atravesado por la concentración que exige un reencuentro así. Con el correr del show, esa diferencia se fue diluyendo. Como si el Teatro de Verano se hubiera convertido, por momentos, en una Trastienda ampliada, un espacio donde la banda se movió con una comodidad poco habitual para ese tamaño de escenario. Sin dudas, este fue el mejor show que dieron en el templo de Momo, esta vez, explotado en concurrencia.

Buenos Muchachos volvió a hacer lo que sabe y el público respondió acorde al nivel de la propuesta. Hubo intensidad, emoción, calma y esa sensación de que solo era cuestión de esperar, de que el tiempo acomodara las cosas. La vida misma.

Lo que sigue, como suele pasar con la banda, no está del todo claro, ni siquiera sugerido. Lo real es lo vivido; el después ya llegará.

Fotos: Paul Hernández
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